5.10.15

Al otro lado del río (2014)


Cuento ganador del segundo premio del Concurso Literario "Julio Cortázar" 
Publicado por EUDEBA en Otra vuelta de letras (2015)


     Miro tus ojos miel una vez más antes de resucitar de aquel tormento. Tus pestañas oscuras se desenvuelven en la sombra. Ya puedes irte, me susurras al oído y yo no quiero hacerte caso. Pero me duele tanto estar contigo que en algún momento me iré; aquí el tiempo no es eterno, pronto sonará el timbre que me sacará el brillo que ahora admiro en tus ojos miel. Te desparramas frente al río, tus pupilas brillan con cada giro que das, volteas cada tanto y me miras de reojo. Te observo, un grillo ahoga el silencio de la noche y el viento helado me corta la cara; el río grita una vez más para que me vaya.
     Qué atrevidas las nubes que ahogan a la luna. Con su brillo oscuro la encierran en su manto, que cada vez cubre más el cielo infinito. Y tú bailas. Mientras las nubes se roban el cielo, tú bailas. Y tus rizos se mueven al compás de ninguna música. Sólo la noche. La tormenta avanza y tus rulos no dejan de retorcerse mientras la luna se pierde entre las nubes. El Sena grita una vez más. Inhalo sofocado. Exhalo. No puedo controlarlo pero ya debo abandonarte. O mejor será decir que tú deberás hacerlo como lo has hecho hace años, a mí que te he cuidado, a mí me has dejado solo, encontrándome conmigo mismo cuando despierto. Tus brazos se deslizan suaves en el aire, mientras el frío escapa entre tus dedos. Ya debes dejar de bailar. Inhalo, me voy y exhalo.
     A lo lejos una sombra escuálida te observa pero no te importa, tú sigues bailando, desenvolviéndote en el aire frente al río que grita, ya no en silencio. Aturde. El cielo se ennegrece mientras el alarido del Sena no cesa. Tú bailas y tus ojos ya no se abren, sigues girando mientras la bruma oscura se acerca cada vez más, pasándome entre los pies, pasando entre tus dedos desnudos que siguen girando. El grito del río ruge más fuerte y te fundes en una sombra que angustia. Inhalo. Me ahogo con la niebla que ya me separó de ti. Y todo se hunde en un negro que se aclara sólo cuando mis ojos se abren. Entonces, las sábanas vacías.

     París me agobia. Será porque te has ido, será porque me has hecho despertar una vez más dejándome frente a nadie, encontrándome con las sábanas claras ausentes de tus rulos desenvueltos entre ellas, cálidos.
     El empedrado se desprende por las calles que antes andábamos mientras el sol se ocultaba al fondo del río. Camino paralelo al Sena mientras un aire frío atraviesa mi cuello.
     Hoy ha llamado Perla desde Buenos Aires. Prometí volver pronto. París ya no me guarda nada que no consiga en casa desde que me has dejado. Ya no tengo tus atardeceres en Le Pont des Arts, ni tus noches en Montmartre. Tú me has traído hasta aquí. Desde que nos conocimos me has prometido que algún día atardeceríamos juntos en París. “Algún día bailaré para tí frente al Sena”. Y así has caído. Me has arrastrado a este agujero, me has traído para verte abandonarme, para dejarme vencido en esta ciudad de luz pero insignificante sin ti. Ya no sé qué decirle a Perla cuando llama. «Ha caído enferma», «tiene la fiebre por los aires y su garganta no le permite hablar», «no, mi querida Perla, hoy ha salido». Cómo decirle que ya no estás aquí. Podría confesarle que me has dejado pero no soportaría balbucear el abandono. Será mejor cuando llegue a Buenos Aires. Le he prometido que volveríamos… Tendré que llegar solo. Será mejor que estar aquí en una diminuta habitación de hotel ahogado en tus pensamientos que me agobian, encerrado entre las sábanas frías y húmedas.

     Te encuentras al borde del río nuevamente. Y yo, inútil, con mis brazos esparcidos sobre el viento que se hamacan intentando tantearte. Las sombras como mantos ennegrecidos se esparcen por el aire alejándote. Y aprieto los ojos fuerte mientras el viento de París me agrieta la cara. Te recuerdo caminando por Notre Dame, cuando este río era real. Te recuerdo durante horas frente a él escuchando los acordeones, perdidos en la infinidad, pero juntos. Ahora estás tan cerca y tan lejos, mis manos heladas ya no sienten tu piel transparente. El Sena vuelve a gritar pero yo no quiero irme, aquí estás, aquí al lado bailando al borde del río con tus rizos dorados que acarician el aire al mismo tiempo que tus piernas desnudas se rebasan y tu silueta se refleja en el agua. El puente está vacío y tú bailas. Intento alcanzarte, pero me es en vano. Tú giras sin importarte que yo esté allí. Y mientras el frío me ahoga, me doy cuenta que nunca te ha importado, que tú bailas para mí. Y me doy cuenta entonces de que allí estás. Tú no quieres sentirme, no quieres tocarme, mirarme, rozarme, no me permites acariciarte. Tú solo bailas al borde del río ahogándome por la noche. Tú para mí.
     Das un giro y vuelves, tus piernas escuálidas se cruzan al límite del agua. Tus pestañas oscuras se confunden con la noche y tú no te detienes, tú bailas, tú bailas mientras las sombras vienen una y otra vez. Te fuiste para siempre. Tú sólo bailas por la noche. Siempre ha sido así, tú nunca has estado, tú eres mi París, mi Sena, tú bailas para mí al borde del agua cada noche de tormento. Y entonces te atreves a dar otro giro y yo me desconsuelo, me arrojo al piso helado mientras mis lágrimas se desparraman por el puente. El río grita, feroz, entre las sombras. Te has desecho, me has desecho. Das otro giro y por fin comprendo que no estás allí, nuca has estado tampoco, me has atraído a esta ciudad y me has encerrado, has bailado para mí cada noche sin importar que no pueda tocarte. París está en silencio mientras das un último giro antes de caer al río. Y te vas con él y me dejas allí parado, inerte. Y así te vas, con él, abandonándome. Y por fin París amanece otra vez, y aquí me encuentro, vacío. Un sol débil se esfuerza por asomar detrás del río mientras tú ya estás del otro lado del mundo. Y yo aquí, hundido en la bella ciudad luz. Yo sin ti y tú sin mí. Miro el río una vez más, aprieto fuerte los ojos.
Y entonces las sábanas blancas.

18.6.15

El mar

Desde esta orilla
bajo la penumbra
tus piernas desgarradas y tu alma
con la mía; calladas
como nuestros labios
estrangulándose
tan solo la noche
que nos pide el silencio
tu corazón despellejado que late
me golpea en el pecho
tus lunares
que siguen velando
mis (nuestras) mentiras más oscuras
como tus carmín
que no paran de desgarrarme
mientras la noche nos calla
callame
callémonos
mientras la orilla se convierte en océano
silencio
ya está
ya pasa

13.3.15

Relato de la noche en silencio

     Julia avanza volcando sus pasos hacia las tinieblas más oscuras. Los grillos la aturden mientras sus pies desnudos se hunden en el barro.
     Mira las estrellas ocultas entre las nubes. Busca la luna, pero no la encuentra. Se habrá perdido, piensa sin dejar de avanzar por el descampado al que ha llegado desde ningún lugar. Reflexiona unos segundos sobre sus pasos y sus párpados caen mientras su rostro, pálido como la nieve, se congela en la penumbra. 
     Julia avanza sin saber hacia dónde. Tampoco recuerda de dónde viene. Ya ni siquiera sabe si es Julia pues la noche le ha absorbido el alma y las estrellas la han enmudecido. La noche la hunde en un inmenso temor que la hace arrodillarse. Se hinca sobre sus rodillas y sus dedos esqueléticos acarician sus sienes congeladas. Se desconsuela mutilándose con la noche que se ha callado. Se arrastra por el pasto. Ya no puede avanzar. En vano intenta levantarse. Siente una vez más que la noche lúgubre la absorbe. Y llora lágrimas inútiles.
     Hay un descampado. Las estrellas, las nubes recargadas a punto de llover y la noche, que calla hasta los gritos más desaforados que piden auxilio. Un descampado y la noche sin luna. Nada más.